Andad en todo el camino que Jehová, vuestro Dios os ha mandado, para que viváis, os vaya bien y prolonguéis vuestros días en la tierra que habéis de poseer. Deuteronomio 5.33

La Biblia usa con mucha frecuencia la palabra «camino» para describir la vida del hombre, unas 554 veces según mi concordancia. Estas referencias incluyen alusiones al buen camino, al camino trazado por Jehová, al camino torcido, al camino malo que lleva a la perdición y a la persona que se aparta del camino. En el Nuevo Testamento, incluso, se nos presenta a Cristo como el camino (Jn 14.6), dándonos a entender que la vía para llegar al Padre es por medio del Hijo.
Para los propósitos de esta reflexión la analogía del camino nos será útil para meditar acerca del peregrinaje espiritual que estamos realizando. En lugar de pensar en varios caminos, nos será útil pensar en un solo camino. La clave, luego, no consiste en definir en qué camino estamos, sino en qué sentido nos estamos moviendo. En el camino solamente existen dos sentidos. No es posible moverse en ninguna otra dirección, porque una calle solamente permite circulación en dos sentidos. Podemos, entonces, imaginarnos a toda la humanidad ubicada en algún punto sobre este camino.
Dependiendo de la dirección en la que nos movemos, el camino tiene dos sentidos. Delante nuestro existe un destino: Jesucristo. La Palabra describe ese destino como llegar a ser como él es (Ro 8.29), hasta que todos alcancemos «la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4.13). En la dirección opuesta tenemos otro destino: la perdición; es decir, perder todo rasgo de semejanza con Dios, quedando solamente la abominable criatura que resulta de la abundancia del pecado.
¿Cómo se mueven los individuos que se encuentran sobre el camino? Por medio de actos individuales que resultan de las decisiones que toman. Cada acto produce un movimiento en nuestras vidas que tiene solamente dos posibles desenlaces: nos lleva a estar más cerca de Cristo, o nos lleva a estar más lejos de él. Nuestra existencia es la suma de comportamientos basados en las decisiones que hemos tomado, y cada uno de ellos tiene un resultado espiritual.
Estamos, entonces, en permanente movimiento en el camino de la vida, aunque muchas veces no somos conscientes de esto. Gran parte de nuestras decisiones son inconscientes, nuestros comportamientos automáticos. Cada uno de ellos, sin embargo, tiene un peso eterno y, en la analogía del camino, nos mueve en uno u otro sentido.
Entender esto es importante. Nuestro movimiento en el camino de la vida no se decide por la cantidad de reuniones a las cuales asistimos, ni por la cantidad de veces que leamos la Biblia. El movimiento lo decide la suma de decisiones que tomamos cada día, a cada paso de la vida, seamos o no conscientes de esas determinaciones. Es por esto que urge sensibilizar nuestro espíritu a la acción del Espíritu de Dios, para que a cada paso él pueda indicarnos las decisiones correctas.


Para pensar:
David cometió adulterio, encubrió su pecado y mató a un hombre. Cuando el Señor dice que fue un hombre conforme al corazón de Dios, no está pensando en estos hechos puntuales de su vida, sino en la suma de toda una vida de decisiones que lo acercaron a Jehová.


Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.